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Balnearios y los soñadores / Cap.50

Martín Bastida 4 mayo, 2017
Balnearios y los soñadores / Cap.50

LOS SOÑADORES
(relatos sobre cine)

Balnearios y los soñadores
“La fauna de los juegos electrónicos no parece ser demasiado vasta. Más allá del visitante ocasional, del diletante y del ocioso permanente que establece allí su nido, el personaje más digno de tener en cuenta en este mundo es, a todas luces: el campeón. Individuos que a fuerza de tiempo y de una concurrencia compulsiva a los juegos, adquieren el dominio absoluto de una de las máquinas. Pueden pasar horas y horas ascendiendo de niveles, extinguiendo enemigos ya irrisorios, ejerciendo su arte por la mera marca, convertir a Atenas en una rutina, una forma más del tedio. Sus movimientos suelen ser elegantes, suelen demostrar la calidad, no son plurales. Un campeón elige para su conquista una única máquina y, como un enamorado fiel, evita y desmerece íntimamente a cualquiera de las otras. Estos maestros rara vez demuestran alegría o fervor antes sus propios logros. Sus rostros, son más bien, adustos, serios, concentrados, como si su actividad fuera algo solemne o sagrado. La fauna de los juegos electrónicos se completa con: el observador. Un personaje infaltable, cuya áspera misión es la mera contemplación del juego ajeno. El observador ingresa a uno de los grandes galpones, no busca máquinas vacías, las busca ocupadas. No busca su diversión, busca la diversión ajena. Una vez localizado su blanco, simplemente, se coloca en silencio a sus espaldas. Inmóvil, examina el juego del otro. Se apasiona con los movimientos ajenos, aprueba o desaprueba su pericia. Los grandes campeones suelen contar con una corte nutrida y, en ocasiones, permanente.”

Balnearios

Pedro y Malena estaban en uno de esos grandes galpones en la localidad de Aguas verdes. Ernesto se había quedado en el hotel. Adujo que estaba cansado, pero seguramente se había quedado para dejarlos solos. Aunque le encantaban los hoteles, los jabones en miniatura, el shampoo en sachet, las sábanas limpias, la vida de turista, de huésped. Saber que mañana, aunque todo se acabe hoy, habrá más.
Hoy, Pedro era el campeón y Malena la observadora. El campeón de Pac-Man. Su mano derecha dirigía al círculo amarillo con boca consumiendo todo lo que había en el laberinto, mientras los cuatros fantasmas volvían permanentemente a su casa para poder regenerarse. Malena lo miraba con una mezcla de admiración y temor. No sabía que estaba con un campeón. Pedro pasaba de nivel utilizando siempre los mismos caminos. Por ese instante, Malena había dejado de existir, pero sólo en la cabeza de ella, porque en la cabeza de Pedro su habilidad no tenía como fin comer pac-dots, power pellets, monstruos, frutas y llaves, sino que Malena lo mirara como alguna vez lo miró aquella chica de la facultad. Mientras iba pasando de nivel, la gente se iba acercando al arcade de Pedro. Malena cada vez tenía más personas a su alrededor, y comenzó a molestarle. Él estaba tan seguro de todo lo que pasaba a su alrededor que alcanzaba a ver de reojo el fastidio de ella.
En un momento, la mano derecha de Pedro se endureció y esos movimientos elegantes, que caracterizan al campeón, comenzaron a decrecer. Recién en el nivel ciento dos perdió la primera vida. Pero el tiempo de tensión pasó y siguió pasando de nivel. Ahora era él y la máquina. Pedro pasó la pantalla ciento veinticuatro y recordó a Malena. Giró su cabeza, pero ella ya no estaba. Su cuello se movía de un lado a otro como si fuera la palanca del arcade.
-Me tengo que ir -dijo hacia la muchedumbre observante, y abandonó el juego.
Pedro se filtró entre la gente hasta que la vio a Malena apoyada en una máquina de peluches.
-Te fuiste… -dijo él.
-No sabía que eras un campeón -respondió ella. Pedro hizo una mueca de timidez y dio un paso hacia atrás como si fuera un niño de escuela primaria.
-Por todo el tiempo que estuviste esperando, me voy a congraciar con un Bob Esponja -dijo él de modo risueño. Malena borró su fastidio de la cara.
Pedro puso un billete de veinte pesos. Tenía tres intentos. Pedro vio como las tres posibilidades se escurrían de las tenazas. Malena se río. Le gustaba verlo vulnerable. Tal vez era lo que más le gustaba. Pedro puso otro billete. Nada. Y otro. Tampoco.
-A ver… dejame a mí -dijo ella. Pedro se puso a un costado y pasó a ser el observador. Malena hizo el primer intento.
-Ves, que no lo agarra -dijo Pedro.
-Pero sí -retrucó ella.
-Bueno sí, pero después lo suelta. Ves… ahí.
-Estás exagerando.
-¡Vos estás exagerando queriendo sacar un peluche de mierda!
-Tu turno ya pasó.
Malena puso otro billete casi de manera compulsiva.
-Y otra vez -dijo Pedro-. Cuando tiene agarrado el peluche, las tenazas se abren sutilmente, dejándolo caer.
-No molestes.
-Ves…
-Basta.
-Otra vez.
A Pedro le generaba una piedra en el estómago todas esas cosas que oficiaban de estafa a plena luz del día, sin importancia para el común de la gente. Lo podían robar en la calle, pero estos detalles eran inadmisibles, tanto que no podía continuar con su vida. Lo bloqueaba. Pedro se alejó de la máquina y pidió hablar con el gerente.
-La máquina de peluches no funciona -dijo Pedro.
-Como que no funciona si ahí veo a una chica que está jugando -le contestó el gerente que andaba con una miga en el labio superior. Pedro giró su cabeza y vio a Malena que continuaba jugando.
-Sí, pero los ganchos…
El gerente lo interrumpió.
-La chica acaba de sacar un Bob Esponja. ¿Qué me decías?
Pedro lo miró con asco y se retiró, no sin antes decirle que tenía la boca sucia. El gerente también lo miró con desprecio y se pasó la mano por la boca.
Malena le movía el muñeco a la distancia de un lado a otro.
-Es hermoso, ¿no? -dijo Malena, cuando ya Pedro se había acercado lo suficiente.
Pedro salió de los videojuegos, mientras Malena lo seguía con su Bob Esponja.
-Debe ser como el jackpot en las máquinas tragamonedas, que después de poner tanta guita se habilita para que alguien gane -elucubró Pedro.
-Tal vez…-dijo Malena y abrazó a su Bob. Todo el amor que Pedro sentía por ella, la esponja lo congeló.
Siguieron caminando, comieron un pancho, tomaron un helado y unas trufas de chocolate que Malena se había tentado y le convidó a Pedro a pesar de su expresión. Ni la comida lo relajó. Antes de llegar al hotel, hicieron una última pasada por el mar. Mañana volverían muy temprano a La Plata. Desde una de las postas se escuchó Rivalidad, del último disco de Charly García, Random. Los dos cantaron el estribillo:
“Cambiarme baby, cambiarme baby
viva la rivalidad, siga la rivalidad
sólo quiero la rivalidad.”

Ernesto estaba en el lobby, tomando una caipiriña, mientras miraba por enésima vez Duro de matar. Pedro y Malena se pararon al lado de él.
-¿Cómo estuvo? -dijo Ernesto con la vista clavada en el televisor: John McClane se sacaba los vidrios de los pies ensangrentados.
-¿Vos sabías que teníamos un amigo campeón de Pac-Man? -le preguntó Malena a Ernesto.
-Lo contó cuando nos conocimos.
-¿En serio?
-Creo que fue la primera vez que nos reunimos. Estábamos en su casa. Pero nunca lo habíamos podido comprobar.
-No me acordaba. Esta noche lo comprobé.
-Mirá. Yo soy campeón del Gyruss. Y nunca se los conté.
-¿En serio? -dijo Pedro.
-Los nautas del Gyruss odiábamos a la gente que jugaba al Pac-Man.
-Prefiero el Galaga.
-La navecita estática…
-¡¿Me estás cargando?! -Pedro se sentó-. Namco hizo juegos tan disímiles como Pac-Man y el Galaxian, la versión anterior al Galaga, que ya era una maravilla.
-¡¿Estás hablando de la imitación del Space Invaders?!
-“Lo que no es tradición es plagio”. Antes estuvo el Spacewar! Además no era una imitación, sino… digamos… una adaptación mejorada.
-Entonces el Gyruss sería lo mismo.
-No. El Gyruss tiene una nave que se mueve en círculos.
-Adaptación mejorada. El Galaga es una navecita que va monótonamente de forma horizontal de un lado a otro. Es como comparar la Coca con la Pepsi. ¿O no? -le preguntó Ernesto a Malena, que se encontraba con los ojos entornados.
-No me gustan ninguna de las dos. A no ser que tengan Fernet, y no sabría cómo distinguirlas.
-A mí tampoco -completó Pedro-. Y a vos tampoco. Lo dijiste en aquella primera reunión.
-Era un ejemplo -se excusó Ernesto.
-Malo, porque a nadie de acá le interesa la Coca, menos la Pepsi.
-Bueno, ahí está, “menos la Pepsi…”
Malena miró a Pedro con cariño. También a Ernesto. Los quería. Sabía que esas charlas no terminaban en nada. Los tres eran muy parecidos. Como una única pieza. En sus cuerpos se distinguían las diferencias. Las palabras se transformaron en murmullo. Malena bostezó. Era hora de irse a dormir.

Fotograma: Balnearios (Mariano Llinás, 2002)

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sobre el autor

Estudié Comunicación Audiovisual en la Facultad de Bellas Artes de la UNLP. Junto a mi productora Odradek Cine, escribí y dirigí mi primer largometraje: La Muerte Después (2009). También he realizado cortometrajes, documentales, institucionales y videoclips. Ah, escribo cuentos y relatos.

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