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Días de vino y rosas y los soñadores / Cap.55

Martín Bastida 8 octubre, 2017
Días de vino y rosas y los soñadores / Cap.55

LOS SOÑADORES
(relatos sobre cine)

Días de vino y rosas y los soñadores
“Parece que a mí no me quieren matar. Deben creer que me he quedado solo”, dijo Don Porfirio en Invasión. Y sonó el timbre. Pedro dejó correr los últimos minutos de una película que había visto un millón de veces y fue hasta la puerta. Era otra persona pidiendo. Desde hacía unos meses se habían multiplicado los pedidos. Pedro la miró como se mira a un objeto y le dijo que no tenía nada. La persona tenía intenciones de insistir cuando Pedro cerró la puerta.
Fue directamente hasta la cocina. Abrió la heladera y sacó la leche. Puso agua para calentar. Colocó el agua caliente en una taza con café y luego vertió un poquito de leche. Le dio un sorbo. La leche estaba agria. No alcanzó a escupir en la bacha, así que manchó la mesada. Sin limpiar, salió de la casa. Caminó sin rumbo como solía hacer y vio una persona parada en la puerta de una casa. Supuso que se trataría de la misma persona. Le miró la mano derecha y, en ese momento, comprobó que se trataba de una mujer. El barrio no había sido muy generoso con ella. Apenas una bolsa de supermercado. El fondo de la bolsa en punta, como si llevara una sola cosa muy pesada y diminuta. Se acercó lo suficiente para poder ver el objeto, mientras ella retomaba la marcha. Era cera. ¿Quién podría darle una lata de cera para piso a una persona carenciada?, pensó. O tal vez se la habría comprado. Pedro pensó en otra posibilidad: trabajaría limpiando casas y entre casa y casa pediría con el fin de tener otro ingreso.
Después de un par de cuadras, Pedro dudó si la mujer a la cual seguía fuera la misma que le había tocado el timbre. Igual, siguió. En Plaza Belgrano, ella se detuvo y se sentó en las escalinatas. Él se sorprendió y pasó de largo hasta llegar a la esquina. Simuló cruzar, pero giró su cabeza para atrás. Ella seguía ahí. Pedro dio una vuelta por el contorno de la plaza como si fuera uno más de los que empezaban a correr en esa época del año. Al completar la vuelta, vio a la mujer pasándose la cera en los zapatos. Pedro recién se percataba de esos zapatos negros con aspecto ortopédico. Se fue acercando como un perro que ha recibido incontables palizas y ahora su dueño lo llama, y se sentó lo suficientemente cerca como para comenzar una conversación. Ella se levantó. La mujer cruzó la avenida 13. Y Pedro se quedó mirándola de espalda con la incertidumbre de seguir mediando de voyeur. La mujer se detuvo en la panchería. Mientras Pedro trababa de ordenar sus objetivos, la mujer volvió y se acomodó en el mismo lugar donde estaba. Pedro no quiso mirar, así que fijó su vista en el piso. Había un chicle fucsia pegado. Giró su cabeza y miró los zapatos. Subió un poco más y se encontró con unas medias rojas que le llegaban hasta la rodilla, donde se veía un hematoma. Había otro, pero de mayor tamaño en la otra rodilla. Le dio vergüenza seguir mirando y ahí se detuvo, con la sospecha de que ella lo estuviera observando. La mujer se reincorporó como si hubiera visto un fantasma y se fue.
Esta vez Pedro tenía un objetivo claro. Se ubicó a una distancia prudencial de cincuenta metros y mantuvo el ritmo para que la mujer no se alejara, pero que tampoco se acercase. Tenía la vista incrustada en las piernas. Ella siguió caminando recto por 13; atravesó Plaza Moreno, Plaza Rosas, Parque Saavedra y llegó al límite del cuadrado perfecto para cruzar la avenida 72. Pedro bajó hasta la calle 12 por la vereda, sin cruzar a la rambla. La había perdido de vista. Se fue a sentar en el borde del andén de la Estación Circunvalación, donde los trenes no pasaban desde hacía cuarenta años. Pedro levantó unas piedritas y se puso a jugar al denenti. Sus manos estaban fuera de práctica. Las piedritas insistían en escurrirse por sus dedos. De pronto, un extraño sonido provino del andén de enfrente. Una botella de vino rodaba de un lado a otro impulsada por aquella mano que sostenía la bolsa con la lata de cera. Se quedó un tiempo observando el movimiento de la botella como en un estado de hipnosis. Luego levantó la vista. Quería finalmente mirarla a los ojos. Estaba ansioso como un adolescente que se disponía por primera vez a besar a su novia. La mujer tenía un pulóver de hilo de varios colores. El paneo ascendente de los ojos de Pedro dejaba ver con minuciosidad el tejido. Llegó al cuello y notó que ella estaba de espalda. Un tatuaje con formas geométricas, que no respondían a ninguna que hubiera aprendido en el colegio, tapaban la nuca. Siguió subiendo, y el pelo estaba recogido con un pañuelo. La mujer seguía rodando la botella. Pedro se dispuso a levantarse, cuando ella giró su cuerpo, poniéndose de frente a él. El movimiento fue tan rápido que el reflejo no le permitió bajar la mirada. El par de ojos de Pedro se alinearon al otro par. La mujer se acercó sin despegar la mirada. Se puso frente a él y luego se sentó a su lado. Pedro miró los hombros caídos, envueltos de mangas holgadas. La mujer se arremangó como para mostrarle algo. Pedro observó las manos con mayor fidelidad. Estaban ajadas. Prestó atención a las muñecas huesudas y a la articulación que separa el antebrazo del bíceps. En ese límite, había cuatro puntos rojos contenidos en una mancha del mismo color. Ahora Pedro se animaba a mirar el rostro completo. Ella lo estaba esperando. Detrás de la suciedad y algunas arrugas, se vislumbraba las facciones de una mujer de no más de veinte años.
-¿Tenés fuego? -le dijo ella, llevándose un pucho a la boca. La mano le temblaba. Pedro negó con la cabeza. La joven se puso igual el cigarrillo en la boca. Los dientes los tenía roídos como si un bruxismo severo la acompañara desde la infancia. Mientras Pedro jugaba con las piedritas, ella lo hacía con el cigarrillo, trasladándolo de una comisura a la otra. Pedro nunca sabía cómo actuar, sus teorías marxistas se derribaban ante el acercamiento del conflicto. Las relaciones le costaban, lo incomodaban. Intuía que en algún momento alguien se diera cuenta que era un farsante. Y esa adolescente podía ser la primera. Pedro la miró una vez más, antes de volver a su casa.

Fotograma: Lee Remick y Jack Lemmon en Días de vino y rosas (Blake Edwards, 1962)

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sobre el autor

Estudié Comunicación Audiovisual en la Facultad de Bellas Artes de la UNLP. Junto a mi productora Odradek Cine, escribí y dirigí mi primer largometraje: La Muerte Después (2009). También he realizado cortometrajes, documentales, institucionales y videoclips. Ah, escribo cuentos y relatos.

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