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El espacio y los soñadores / Cap.59

Martín Bastida 3 febrero, 2018
El espacio y los soñadores / Cap.59

LOS SOÑADORES
(relatos sobre cine)

El espacio y los soñadores
“-¡Mierda! ¡Qué manía hay en nuestros días de convertirlo todo en un problema social y en la…
-El maltrato infantil no es sólo…
-¡No siga con esos estereotipos y clichés! ¡No estamos hablando aquí de antropología y sociología! ¡Hacemos teatro!
-Pero aun así…
-Esto va mucho más allá del problema de los castigos corporales.
-Está bien; está bien. ¡Disculpe!
-¡En qué mundo podrido y obtuso vivimos! ¿Por qué tratamos siempre de sacar las cosas de quicio? ¿Qué más ha de salir aún? ¿El sexismo, el racismo, la lucha de clases?”
Apagué el televisor, mientras La piel de Venus, de Polanski, continuaba corriendo en el DVD. Esta vez me proponía otra cosa. Salir de mi espacio reducido, vacío, anacrónico. Irme, abandonar mi lugar, como lo hizo mi padre, como lo hizo la mente de mi madre. Estaba cansado de mis rutinas, de las habitaciones derruidas, de esa cocina maltrecha, de los ambientes que recordaban pasado, proyectos, un mundo nuevo. Para eso debía salir de ese lugar en apariencia cómodo, probar en el afuera, desligarme de esa casa que había comprado el hombre que ofició de padre. Bastaba con abrir la puerta y cruzar el umbral, dejarla abierta para que otros la ocuparan y que no tuviera excusas para poder volver. Me iría buscando un lugar que las películas de “happy end” me habían hecho creer. Caminaría como aquellas tardes yendo a la facultad o a la casa de Ernesto o a lo de Malena, quienes abastecían mi energía para seguir siendo lo que era, pero sin ese destino final. Tal vez como parada para despedirme y pedirle que se vinieran conmigo, que la ciudad ya no nos pertenecía, que en la naturaleza estaba el futuro. Sin embargo, los pensamientos siempre le ganaban a las acciones y me quedaba encerrado, sumido en la acción de la escritura.
Volví a mi espacio físico, a mi habitación, donde pasaba la mayor parte del tiempo mirando el monitor de la computadora o cualquiera de las cuatro paredes que me circundaban, aunque a veces la puerta o simplemente el techo. Percibí que había construido mi ser en base a esa celda, que mi saber estaba dado por las películas que había visto, que mi contacto con la realidad eran las imágenes que provenían del séptimo arte y que mis opiniones variaban según la película que había visto en el día. ¿Quién era yo? Mi mente era una máquina que no descansaba y se cansaba y alucinaba. Perdía la noción del yo. Sentía una desconexión conmigo mismo y una ligazón con algo que me superaba en dimensión. Era una partícula que respondía a una entidad descomunal, que no alcanzaba a ver sus bordes. Como un plano, entero americano medio, cualquiera, que forma parte de una escena y ésta de una secuencia y luego de una película y mágicamente, sin control de calidad, de la Historia del Cine. Era un personaje, como Malena, como Ernesto, como el narrador de estos relatos y de otros que ya se hicieron y se están haciendo, como éste. Pero eso era un momento o hasta que otra idea, resultante de otra película, se implantara en la cabeza. Esa desconexión con el yo, también afectaba la relación con los otros, con los pocos que formaban parte de la vida; me volvía distante, paralelo y esa certeza de no tocarte con el otro producía un dolor como si las entrañas estuvieran perforadas. Sólo me sentía cerca de las películas. Si hasta las podía oler, saber su procedencia, sus intenciones, sus puntos de giro, sus baches, sus géneros, sus libertades, sus perfectos silencios y el exceso de diálogo que con un raccord de miradas bastaba. Una por día desde que me acuerdo, pero mi madre me decía que me puso películas desde que nací y yo las miraba hasta el final. Y cuando un día por algún motivo no podía ver una, al otro día miraba dos, y así sucesivamente. Era una droga, una necesidad que, ante la falta, me producía estremecimientos en el organismo. Algunas veces me daba la sensación de estar adentro de una película y trataba de ser más prolijo con el lenguaje, ecualizaba mi voz, relucía mis movimientos. Había un director que no era yo y que desconocía quién era. Mi función era actuar, hacer lo mejor posible mi trabajo, consciente que las escenas de mi vida eran una película. Me había capacitado para ser un cineasta, un Spielberg, como me decían los vecinos del barrio y que tanto me molestaba, que la función de llevar adelante, aunque sea un rol protagonista, me depositaba en un lugar incómodo; así que me busqué otro lugar, aquel en el que pudiera desarrollar y definir las historias. Sin embargo, los textos también me dominaban, no ellos específicamente, sino los personajes que iba dándole forma hasta que un día se rebelaban y optaban por contradecirme. Por eso necesitaba salir. Pero antes debía hacer algo más. Miré cada espacio de la casa como si estuviera rememorando, pero mi mente estaba en blanco. No había recuerdos. Fue un gozo puramente plástico. Volver a mirar esos ambientes con sus colores y sus grises, los azulejos de un naranja desgastado, la construcción avejentada. Una última mirada para después irme. Lo único que extrañaría serían mis películas. También los libros y algunos discos. Agarré el pendrive, donde guardaba mis escritos, mi colección de cuadernos azules y una linterna, y las metí adentro de la mochila. Todo lo demás se podía quedar allí, a la espera de algún curioso que se animara a entrar.
Cuando estaba decidido a salir, un impulso extraño me detuvo. Parecía un personaje de El ángel exterminador, la película de Buñuel donde un grupo de burgueses, luego de una fiesta en la casa de uno de ellos, no pueden salir. Nada ni nadie se los impide. Nada ni nadie me lo impide. Me encontraba pegado en un sitio hasta que por fin pude dar un paso hacia atrás. Intenté nuevamente abrir la puerta, pero no podía bajar el picaporte. No estaba oxidado, ni se había roto. A diferencia de la película de Buñuel, donde se había eliminado el motivo, mi abulia tal vez tuviera una respuesta. Y era nuevamente el cine. Mis comportamientos estaban digitados por los recuerdos de las películas que había visto y que mi mente, momento a momento, iba evocando. Cada evocación proponía una acción que pertenecía a un film. Cerré los ojos y luego me senté en el piso con la intención de poner mi mente en blanco. Las imágenes de Buñuel fueron desapareciendo con un lento fundido. La mente estaba blanca, sin ese fosfeno que suele arruinar la pulcritud de las imágenes o los colores plenos. Estuve un tiempo largo gozando de la nada en la misma posición. Pero apareció otra película, una que había visto en la semana, basada en el proceso de gestación del libro El guardián entre el centeno. No me acordaba cómo se llamaba. Tampoco importaba. La historia del escritor J. D. Salinger hasta llegar a esa aclamada novela, que marcó a toda una generación de jóvenes de los años cincuenta y años posteriores, que creían ser el protagonista, Holden Caulfield, por su carácter crítico con el mundo establecido. Mark David Chapman fue uno de esos fanáticos; el asesino de Lennon, luego de haberle disparado por la espalda, esperó a la policía en la escena del crimen leyendo ese libro. En la película, Salinger se ayuda de la meditación para seguir escribiendo y así “eliminar las distracciones”. Yo estaba en la misma posición, creyendo que mi mente estaba en blanco, cuando en realidad mi acción estaba aludiendo a una película. Comencé a desesperarme y preferí no pensar de cuál otra película vendría ese estado. Me levanté un poco mareado, producto de la posición y el calor, y me fui a la cocina. Metí la cabeza debajo de un chorro de agua compacto y fresco. Masajeé mi cuello hasta que lo sentí blando como una fruta madura. Y elucubré: toda película es una afirmación o una duda de algo. Sea como fuere me plantea una tesis y, en el peor de los casos, material para explorar. Pero no siempre de un tema o algo que en apariencia se presenta importante. A veces puede ser la tonalidad de un color. Otras veces, lo que sucede en segundo plano de acción cuando el espacio se encuentra borroso. Por ejemplo, en Llámame por tu nombre, un primer plano del protagonista, abierto sobre el costado izquierdo de la pantalla, que luego se imprimirán los créditos finales. Él está en cuclillas, de frente al fuego de la chimenea. El reflejo del fuego en sus ojos deja ver unas lágrimas que están a punto de caer. Detrás, sobre ese costado izquierdo fuera de foco, se ve que afuera está nevando, pero eso ya se había mostrado. También hay un cuadro y una mesa y dos mujeres que ingresan al encuadre trasladando la vajilla. Mis ojos desenfocaron al protagonista y apuntaron sobre ellas.
Cerré la canilla. Ahora sí podía irme. Librarme de mi historia, las películas. Pero todavía faltaba algo. Al cine que me había ayudado a sobrellevar la vida, le pedía un último favor: echarme de mi casa. La casa que nos había comprado mi criador, pero que guardaba los secretos de mi padre. Necesitaba una imagen más para emprender la retirada. Comenzaron a producirse como micro explosiones en mi cabeza. Luego, ¡big bang! El estado estacionario de mi vida parecía llegar al final. A la sujeción con ese espacio. Sentí que eso podía ser la génesis que provocaría una verdadera explosión en mi cuerpo. Y transformarme en miles de pedazos adheridos a los azulejos de la cocina. La meditación ya no me iba a socorrer. Sólo restaba esperar. Sería cuestión de segundos. Las cosas a mí alrededor se multiplicaron. Tenía muebles pegados a mi nariz, a mi espalda, a mis pies. No me dejarían avanzar, aunque la pretensión fuera contraria. Era la hora. Ahora. Desde chico la muerte había sido una obsesión, y ahora me encontraba frente a ella en un proceso irreversible. No tenía campo de visión, así que cerré los ojos con fuerza, con el propósito de que los párpados se desgarraran. Juro que lo sentí, mis párpados comenzaron a separarse de la cabeza. Me quedaría sin ellos y volvería a ver. ¿Qué estaba haciendo? Pero hice más fuerza para quebrar el hueso frontal y cerrar los ojos con mis pómulos para que estos quedaran detrás o se salieran como en una caricatura. De pronto, sentí que los muebles ya no estaban aplastándome. Abrí los ojos con dificultad. Una tonalidad blanquecina prologó la imagen de una puerta. Era la puerta de mi casa. La abrí sin problema. Di dos pasos y me coloqué debajo del dintel. Afuera, una brisa apacible invitaba a salir. Pero me quedé, con un pie adentro y otro afuera, esperando la imagen que me sacara definitivamente de ahí.

Fotograma: Jim Carrey en The Truman Show (Peter Weir, 1998)

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sobre el autor

Estudié Comunicación Audiovisual en la Facultad de Bellas Artes de la UNLP. Junto a mi productora Odradek Cine, escribí y dirigí mi primer largometraje: La Muerte Después (2009). También he realizado cortometrajes, documentales, institucionales y videoclips. Ah, escribo cuentos y relatos.

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