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El inadaptado y los soñadores / Cap.58

Martín Bastida 5 enero, 2018
El inadaptado y los soñadores / Cap.58

LOS SOÑADORES
(relatos sobre cine)

El inadaptado y los soñadores
-Es una disfunción de las trompas de Eustaquio -le diagnosticó el otorrino y le recetó un antialérgico. Si no se curaba con eso en un mes tenía que volver a verlo. Por lo menos ahora había un motivo físico que revelaba su estado de aturdimiento. Pensar en la mínima posibilidad de volverse loco como su mamá le inquietaba.
Pedro llegó a su casa con una de anchoas grande sólo para él. Se tiró en el sillón y se puso a comer. Con la quinta porción, abandonó. Y se durmió en una agresiva posición para su cuello. Pasaron por su cabeza las siete películas que veía todas las semanas con un “montaje de atracciones”. Pero no estaba enteramente dormido. Manoteó su cuaderno azul que estaba debajo del sillón. Le pasaba que estando en esos estados las oraciones le venían como ráfagas. El mundo se volvía claro y apacible. Pedro se llevó otro pedazo de pizza a la boca y comenzó a escribir esas oraciones como si se tratara de un teórico con experiencia. Buscó temas: la historia del cine platense, el poder hipnótico de Zama, los algoritmos en las producciones de Netflix, la subejecución de los fondos del INCAA. De cada uno escribía un par de líneas y abandonaba. Le veía un gran beneficio a abandonar las cosas. Sin embargo, hoy no era el día, sino un ejercicio para que apareciera el tema y la voz del texto que debía mandar a la revista. Ésta no le exigía nada en particular. Lo que escribiera sería publicado. Incluso una hoja en blanco. El mundo virtual tenía esas particularidades. Nadie sabe bien quién está del otro lado o si hay alguien del otro lado. Lo que había empezado como un trabajo se transformó en una necesidad. Pedro escribía porque no le quedaba otra. La magnitud de películas que veía tenía que volcarlas en algún lado, si no se le olvidarían y eso sí que no lo soportaría. Pero el cine era la vida. O la vida era el cine. Miraba cine porque era un solitario. Y no vivía porque para eso estaba el cine. “Cuando no hay nadie a tu alrededor, es imposible sentirse solo”, sonó en su cabeza de una película oriental que había visto esta semana. Justo ellos que saben lo que es vivir uno encima del otro. ¿Qué necesidad tenía de salir? De tropezarse con idiotas. Si todos con los que podía mantener un diálogo estaban refugiados en sus casas. Y si quedaba alguno afuera, entre la notoriedad del mal, se alienaría. No eran tantos los malos, sólo era una moda, una tendencia de la era o una característica del sistema.
Pedro pensó en un funcionario que se dispone a dar un gran discurso. Tiene aspecto refinado y fuma atenazando el cigarrillo con el dedo mayor y anular. Está peinado con gel. Tira el cigarrillo como si fuera una bolita y da contra su ayudante que lo acompaña en la primera fila. El ayudante se sacude y lo apaga con la suela de su zapato de punta cuadrada. El funcionario levanta la mano derecha como pidiendo disculpas. El ayudante le devuelve una media sonrisa y mira el cigarrillo aplastado. El funcionario despide de su boca “reforma previsional”. Se detiene impávido ante el centenar de señores y señoras que lo escuchan con admiración. El gel comienza a chorrearle por los costados. Aunque hace un calor del demonio, él ha perdido la dirección. La boca se le mueve, pero no hay discurso, ni frase, ni palabra. Es un balbuceo continuo. Y en ese balbucear emerge la palabra: felicidad. El centenar de señores y señoras aplauden. Los medios reproducen. El espectador mira y escucha con comida en la boca. Fin del discurso.

Lo despertó el sonido del celular. Hacía rato que nadie lo llamaba. Era un número desconocido. Pedro enunció un “hola” con entusiasmo. No hubo respuesta. Volvió a decir “hola”. Nada. Cortó antes que brotara el mal humor. Al rato se repitió la misma escena. Pedro llevó el celular al service. Todavía estaba en garantía. Primero fue atendido por una chica. Ella le preguntó sobre el desperfecto del teléfono y lo hizo pasar a otro lugar. Al fondo y con mucha gente que ya había ocupado todos los asientos. Pasó a ocupar el lugar de los parados. Amagó a irse, pero el calor lo acobardó. Se entretuvo mirando a las personas, los meandros de sus rostros, las distracciones sin celular. Fue más rápido de lo que a priori se sospechaba. Pedro se acercó hasta el box seis donde lo esperaba un flaco con la camisa arremangada, luciendo un tatuaje de una rosa china amarilla en el brazo derecho y una cruz roja en el izquierdo. Pedro le transmitió lo que le había dicho a la chica de adelante y le agregó que los celulares cada vez venían peores, sumado al pésimo servicio de las compañías de teléfono. El flaco recogió el guante y, a medida que inspeccionaba el aparato, le respondió:
-Yo estudio diseño industrial y me indigna ver cómo se rompen los teléfonos.
Pedro extrañaba la camaradería. Y remató:
-Cada vez lo material dura menos y nosotros más…
-Aunque si fuera dueño o accionista de alguna empresa de celulares los haría bien truchos -dijo el flaco. Pedro volvió a decepcionarse, ratificando su idea de que los buenos estaban refugiados en sus casas.
-¡Vas a ser diseñador industrial! Y te ponés, todavía siendo un estudiante, en el lugar del empresariado. ¡¿Cómo se supone que mañana vayas a hacer productos de calidad?! -dijo Pedro en su cabeza sin que saliera nada por su boca.

Sonó el celular. Número desconocido. Pedro atendió.
-Hola…
Se hizo un breve silencio y, de pronto, una voz arremetió:
-¿Es el teléfono de Tadasbi, Pedro?
-¿Quién sos?
-Te estamos llamando de la empresa Movistar. Es para ofrecerte un nuevo plan…
Pedro tiró el celular sobre el sillón y dejó que la voz terminara de decir todo lo que tenía para decir. Se sintió un inadaptado. ¿Hasta cuándo sentiría esa sensación? Estar afuera de todo y, a la vez, mantener una idea de comunidad. Durante varios minutos quedó abstraído en ese interrogante. Luego, fue a la cocina y puso en el fuego un par de huevos. Mañana sería fin de año. Los huevos rellenos le hacían recordar esas fechas.

Fotograma: Trond Fausa en El inadaptado (Jens Lien, 2006)

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sobre el autor

Estudié Comunicación Audiovisual en la Facultad de Bellas Artes de la UNLP. Junto a mi productora Odradek Cine, escribí y dirigí mi primer largometraje: La Muerte Después (2009). También he realizado cortometrajes, documentales, institucionales y videoclips. Ah, escribo cuentos y relatos.

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