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El tiempo y los soñadores / Cap.60

Martín Bastida 3 marzo, 2018
El tiempo y los soñadores / Cap.60

LOS SOÑADORES
(relatos sobre cine)

El tiempo y los soñadores
-Dicen que antes había ido a comprar una Coca, se paró en el borde del andén, esperó a que pasara el tren y se arrojó sin dudar. Dicen que no sufrió, pero yo sé que sí -contó Malena con la voz temblorosa.
Era 22 de abril de 2004, día que se conocieron Pedro, Malena y Ernesto. Después del cine, se fueron a un lugar alejado del tránsito, no había muchas opciones para ellos, así que coincidieron en el Bosque.
Luego del “sí” de Malena, los tres se quedaron un rato en silencio. No había nada más estúpido que sentirse con la necesidad de decir algo ante la tragedia. Una pelota golpeó contra la cabeza de Malena. Ella se levantó, hizo dos jueguitos y se la devolvió a un chico que estaba con su padre. El pibe hizo un gesto de aprobación. Cuando volvió la cabeza sobre Pedro y Ernesto, ellos se encontraban con el mismo gesto. Malena se sonrió.
-¿No creían que una mujer pudiera levantar la pelota como Lucas Lobos? -dijo manteniendo la sonrisa.
-Tampoco que supieras quién es Lucas Lobos -completó Pedro.
Malena no sólo sabía de películas, si no que les dijo de memoria la formación de Gimnasia de ese año.
-Elena era mi par -dijo Malena, volviendo al tema y al tono anterior. Su personalidad demostraba una ductilidad asombrosa para pasar del humor al espanto. Pedro y Ernesto se quedaron callados. No sabían cuando Malena podría hablar de nuevo. Pero estaban cómodos. El silencio era la prueba. Nadie tenía que decir algo para mantener el ritmo, el interés, el entretenimiento. Se quedaron allí, sobre el pasto, tirados.

Mientras yo seguía parado en el umbral de mi casa con la intención de irme. Era cuestión de tiempo. En el transcurso de ese día, mi casa, donde había pasado casi toda mi vida, dejaría de pertenecerme.

Pedro siguió mirando a Malena que ahora estaba concentrada en otra película de superhéroes. Tal vez simplemente miraba hacia adelante sin prestarle atención a las piruetas de los personajes, pensó Pedro. Pero Ernesto sí estaba interesado, ya había pasado por esa confrontación ideológica del cine y podía disfrutar tanto de una película de Marvel como una de Kiarostami. Pedro alcanzaba a ver una porción del ojo derecho de Malena que se le iluminaba con intermitencias. Con eso le bastaba para imaginarse todo su cuerpo y su historia. Hacía nueve años que se conocían y todavía había varias cosas que ignoraban uno del otro. Las explosiones de luz en el ojo de Malena eran corriente para el cuerpo de Pedro.
La luz de la sala se encendió y Pedro giró su cabeza hacia el frente. No había alcanzado a ver ni un fotograma de la película.
-¿Y? -dijo Malena
-Me tiene podrido el canchero éste -respondió Pedro.
-La verdad que a medida que fueron pasando las secuelas perdió intensidad y creatividad la saga. Me quedo con la uno -dijo Ernesto.
-Es posible, y no deja de ser un lugar común eso de que la primera es la mejor. Sin embargo, si se la ve como una comedia con un protagonista con súper poderes puede llegar a ser divertida.
-Súper poderes, mucha guita y un séquito de focas. Lo detesto a Tony Stark. Es un canchero insufrible -atacó Pedro con el cuerpo todavía electrificado.

Pasó una barra de chicos. Hacía varios años que no ocurría. Los jóvenes que había, un buen día dejaron de estar en la calle y el barrio quedó vacío. Ahora sólo había viejos haciendo mandados.

Seguían conversando, pero ya no se escuchaban. El progreso del barrio les impedía preguntar y responder coherentemente. Malena lo miró a Pedro con deseo. Notó su cuerpo más robusto, como esa torre que estaban haciendo frente a su casa. A Ernesto también lo veía atractivo, pero tenía sus principios. Si bien los tres eran como hermanos, Pedro y Ernesto mantenían una relación de mayor confianza que le exigía elegir. Y en esa elección se imponía Pedro.
Malena se levantó del sillón y fue hasta la heladera. Sacó una jarra de agua. Le puso unos hielos y la llevó hasta la mesa. Ernesto puso una película de Buster Keaton (Marido por despecho), donde un modesto hombre (Keaton) está locamente enamorado de una actriz (Dorothy Sebastian), pero ella parece no sentir lo mismo. De hecho, está enamorada de otro hombre. Ese hombre se casa por amor con otra mujer. Entonces la actriz se casa por despecho con Keaton.
Pedro conocía el argumento de memoria y en la puja anacrónica entre Keaton y Chaplin, prefería al inglés. Ernesto percibió el disgusto de Pedro, pero con un gesto le dio a entender que no sabía a qué se refería. Pedro veía en la historia de la película similitudes en su relación con Malena.
Finalmente la actriz se enamora del hombre, tras un acto heroico de Keaton. Pedro sintió que le faltaba ese acto para enamorar a Malena. Sin embargo, Malena pensó en la pequeñez de los hombres, y Pedro y Ernesto no eran la excepción.

Los chicos estaban sentados en la ventana del almacén de la esquina como si hubieran estado todo este tiempo en el mismo lugar. El lenguaje de golpes mantenía la charla viva.

A pesar de que estaba en una ciudad generosa como Tandil con la compañía de Ernesto, haber visto a Malena saliendo de ese hotel con el abogado lo destruyó. Sin embargo a la mañana siguiente, se levantó distinto. Tal vez por esas sierras o la película de Dean Martin & Jerry Lewis que habían visto anoche.
Salieron con el fin de pasear, sin rumbo, sin búsquedas particulares. Luego de un par de horas, se toparon con la estación de trenes. En uno de los bancos había un hombre leyendo, tendría más o menos la misma edad de Pedro, pero como si hubiera vivido en una época anterior, cuando los hombres aparentaban ser más grandes, y lo eran. Tenía un mono y una bagayera a sus costados. El hombre bajó el libro y levantó la mano.
-¿Qué tal? José Américo Ghezzi, pero me dicen Bepo.
Pedro y Ernesto quedaron como congelados. Luego, les dieron la mano que en el tacto se notaba más vieja de lo que los ojos distinguían.
-¡¿El famoso croto argentino?! -atinó a decir Pedro con su boca balbuceante.
-Ah, ¿sí?
-Hay una película sobre usted… bah, vos, pero eras viejo -dijo Ernesto.
-Algo sabía…
Pedro y Ernesto se sentaron junto a Bepo. Y discreparon sobre Bakunin y Marx hasta que cayó el sol y lo perdieron de vista.

El oscurecimiento de los cuerpos de aquellos chicos demostraba que el tiempo seguía pasando, y yo en el mismo lugar, parado y cavilando.

A la mañana siguiente cada uno despertó en su casa. Podrían haber dormido en un hotel de Buenos Aires, pero esa ciudad siempre los expulsaba. Volvieron a la madrugada en un micro destartalado que iba por el camino viejo. Eran ellos tres y un borracho que cada breves lapsos largaba una sonora puteada. Cada uno se sentó utilizando dos asientos. Estaban cansados y el borracho no paraba de vociferar. Desde el lugar donde se encontraba, Ernesto podía verlo perfectamente. También al chofer, que luego de las puteadas del borracho, movía su boca con frenesí. Luego de uno de los tantos movimientos de boca, el chofer tiró el micro violentamente hacia el costado y frenó.
-¡Bajate, la puta que te parió!
El borracho no respondió. El chofer volvió a repetir su orden. Y el borracho volvió a quedarse en silencio. El chofer se levantó.
-¡Bajá vos solito o te bajo de un fierrazo!
-Lameculo -se alcanzó a escuchar.
El chofer agarró un fierro del costado del asiento y lo avivó como si fuera un guerrero espartano. Cuando el chofer comenzó su caminata hacia el borracho, Pedro, Malena y Ernesto se levantaron de sus asientos. Los tres fueron hacia el chofer que avanzaba como una tromba, pasaron por el costado del borracho que ahora se encontraba tirado en el piso con las piernas extendidas en el pasillo. De reojo, Pedro percibió un brazo levantado en señal de ayuda. Se detuvo. Se acercó lo suficiente para que su nariz se contraiga del olor a alcohol. El hombre de unos cincuenta y tantos años estaba con los ojos cerrados. Pedro lo miró detenidamente. Se identificó en ese rostro. Intentó levantarlo como pudo hasta acomodarlo nuevamente en el asiento. Mientras tanto, Ernesto y Malena lograron que el chofer bajara el fierro. Prometió que los llevaría a La Plata en paz. Antes de volver a su asiento, Pedro le acomodó la cabeza, que estaba torcida como la de un bebé recién nacido. Cuando se estaba yendo, se escuchó una palabra más de la humanidad del débil:
-Forro.

La hora mágica era propicia para emprender la retirada. Los chicos de la esquina ya se habían ido. Pero faltaba un acto más…

Esa noche Pedro soñó despierto y confundió los recuerdos con todas las películas que había visto en su vida. Todo se fundió en una sola memoria, en una misma historia. Los recuerdos se transformaron en películas y las películas en dilemas.
Se levantó en la mística Vallegrande y caminó por sus calles. Llegó a la plaza principal. Miró los edificios que la circundaban. Cuando volvió al origen del círculo, un hombre estaba parado delante de sus ojos. Su piel expresaba años e historia precolombina.
-¿Buscando al Che?
-Siempre -dijo Pedro con aire pretencioso.
-Le digo una cosa, joven, para encontrar al Che hay que buscarlo en los ojos nuestros.

Miré una vez más adentro de la casa y, sin cerrar la puerta, me fui alejando. Caminé como aquellas tardes yendo a la facultad o a lo de mis camaradas cinéfilos. Tal vez para despedirme y pedirle que se vinieran conmigo, que la ciudad ya no nos pertenecía, que en la naturaleza estaba el futuro. Sin embargo, sentí miedo. Ya no habría más pantallas…

Fotograma: Ignat Daniltsev en El espejo (Andrei Tarkovsky, 1975)

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sobre el autor

Estudié Comunicación Audiovisual en la Facultad de Bellas Artes de la UNLP. Junto a mi productora Odradek Cine, escribí y dirigí mi primer largometraje: La Muerte Después (2009). También he realizado cortometrajes, documentales, institucionales y videoclips. Ah, escribo cuentos y relatos.

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