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La facultad y los soñadores / Cap.49

Martín Bastida 6 Abril, 2017
La facultad y los soñadores / Cap.49

LOS SOÑADORES
(relatos sobre cine)

La facultad y los soñadores
Pedro estaba acomodando la cámara cuando la vio por primera vez. Tenía el pelo corto y rojo. Y un aro en la nariz. Sus ojos verdes como una uva lo miraron como si fuera lo único en el mundo para ver. Ella tenía esa capacidad de observación minimalista, sin que otros elementos perjudiquen la lectura. Pedro se sintió importante luego de haber mirado a Malena de ese modo que ella no lo miraba. La de pelo rojo era distinta. Ella lo miraba. Y él la miró, pero no esa primera vez, ni siquiera la segunda o la tercera. Tampoco la cuarta. Fueron varias miradas de ella, antes que los ojos verdes lo doblegaran. A ella no le importaba, o mejor dicho, no todavía. Estaba en plan de conquista. Pasaron un par de semanas después de aquella mirada. Y un buen día ella dijo algo:
-Escuché por ahí que sos fanático de Hitchcock. Mi hermana me regaló su filmografía en VHS. Se las compró a un coleccionista de cine que se quería desprender de ellas porque estaba digitalizando todo lo que tenía.
Pedro abrió los ojos como platos.
-Si querés te puedo invitar a mi casa para que veamos alguna. Yo conozco las más famosas: Psicosis, Los pájaros, y alguna que otra más -dijo ella.
Tuyo es mi corazón, La soga, La ventana indiscreta, Vértigo
-La primera me suena. Las otras, ni idea. Pero hoy a la tarde tenía pensado empezar a ver toda la filmografía por orden.
-Las primeras no me gustan mucho -dijo Pedro.
-Sólo por hoy puedo hacer una excepción.
-Miremos Chantaje que la quisiera refrescar. La primera película sonora de Hitch.
-Bueno, yo vivo por acá. ¿Nos encontramos a la salida de la facu?
-Salgo a las seis.
-Yo a las cuatro, pero me entretengo sacando unas fotos de la facu y nos encontramos a las seis en la puerta. ¿Te parece?
-No hay problema.
-No me dijiste tu nombre…
-Elvira.
-¿Cómo?
-Elvira. Me llamo Elvira.
-Mi bisabuela se llamaba así… Y con pelo rojo.
-Es para desmarcarme y no caer en estereotipos.
-Me gusta.
Pedro giró su cabeza para volver al aula, pero volvió sobre ella, que seguía observándolo de esa manera.
-No me preguntaste el mío.
-Lo sé, Pedro.

La clase era aburrida, o ese pelo rojo comenzaba a distraerlo. Entre tanta confusión, escuchó lo siguiente: “Yo soy un inservible hombre de ciudad. Cuando estoy así… pongo folklore. Más o menos con todo me manejo de esta manera. Un mecanismo de defensa pendular.”
¿De dónde provenían esas palabras? A veces le pasaba de estar viviendo en dos lugares distintos a la vez. Pedro miró para los costados y vio un estudiante haciendo que escuchaba al profesor de Tecnología. Preguntó la hora a un compañero que parecía dormido. Le tuvo que tocar dos veces el brazo para que respondiera: “Cuatro… y treinta y cinco.”
-Gracias -dijo Pedro y agarró su mochila y se fue.
A pesar que el patio estaba nutrido de gente, Pedro divisó a Elvira en cuestión de segundos. Estaba efectivamente como le había dicho, alejada de la multitud sacando fotos. Empezó a avanzar hasta que recapacitó. Ella iba a sacar fotos hasta las seis de la tarde, hora exacta en la que se iba a encontrar con él en la puerta de la facultad. Pensó que sería bueno acompañarla, pero con la misma rapidez lo descartó. Todo ese tiempo se la pasó mirando a Elvira cómo sacaba fotos a los detalles del ex Distrito Militar: pintura levantada, ladrillos partidos, aberturas corroídas, una gaveta metálica tirada en el piso, agujeros que se creían de bala, la letra P de una Olivetti, una hoja que se colaba por un tabique; extrañas partes de un lugar extraño donde eligieron trasladar la carrera de cine, la cual los militares la habían declarado en extinción en el año 1976 y cerrado dos años más tarde. Después, durante la democracia, el silencio devino en lucha hasta que se logró su reapertura en 1993.
Se hicieron las seis de la tarde y Pedro fue hasta la puerta. Se quedó colgado con un cartel de enfrente, cuando escuchó el disparo de una cámara de fotos. Pedro giró su cabeza, como quien padece una torticolis, y vio a Elvira detrás de su cámara que le acababa de sacar una foto.
-Para mi mesa de luz -dijo ella.
Pedro y Elvira se fueron directamente a la casa de ella. Cuando pasaron la puerta de la casa, ella lo agarró de la mano y lo llevó a la habitación. Elvira ya era una mujer. Y lo dejaba a él como un infante ante tantas iniciativas. Elvira lo besó y luego se sacó la ropa y se recostó. Ahora era él el que tenía que ejecutar alguna acción y estaba muerto de miedo. Se sacó la ropa a los tropiezos y se puso al costado de ella. Elvira sacó su lengua y le lamió con su punta la nariz. Esperó una reacción, o tal vez fue una pausa para producir mayor calentura, y le lamió los labios. Pedro mantuvo cerrada la boca. Ella insistió una vez más. Pedro siguió inactivo. Ella volvió con su lengua a la boca, abriéndola. La lengua chocó contra los dientes blancos de él. A Pedro también le costaba esa parte. Elvira insistió con su lengua y escarbó hasta que la boca se abrió como una compuerta oxidada. A partir de allí todo fue más cómodo. Él sacó su lengua. Tuvieron varias veces sexo. Esa misma noche y otras noches. Cuando terminaron de ver toda la filmografía de Hichtcock, Elvira ya era imprescindible para la vida de Pedro.
Pedro ya no volvía a su casa. De la facultad iba al videoclub y de allí a la casa de Elvira. Intercalaban películas y fluidos. Todos los días eran el mismo día. Cuando lograron confianza, él le contó que Malena, su amiga que tanto le gustaba, estaba desapareciendo de su cabeza, y ella le contó que no se sentía cómoda en la ciudad, que era una chica de pueblo y que lo seguiría siendo, que las historias citadinas las aborrecía, que estaba cansada de los jóvenes viejos, que la militancia le parecía peligrosamente seductora y que amaba a Buñuel. “Yo busco random”, concluyó. Al otro día, Elvira se fue. Tal vez a su pueblo o a otro lugar. Pedro nunca lo quiso averiguar. Sentía una cierta vergüenza.

Hoy, Pedro volvió a la facultad y, en ese edificio nuevo, recordó a Elvira. El rostro de ella era tenue. En su cabeza había muchos rostros…

Fotograma: Proceso (Aureliano Barros, 2005)

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sobre el autor

Estudié Comunicación Audiovisual en la Facultad de Bellas Artes de la UNLP. Junto a mi productora Odradek Cine, escribí y dirigí mi primer largometraje: La Muerte Después (2009). También he realizado cortometrajes, documentales, institucionales y videoclips. Ah, escribo cuentos y relatos.

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