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Locas margaritas y los soñadores / Cap.47

Martín Bastida 2 febrero, 2017
Locas margaritas y los soñadores / Cap.47

LOS SOÑADORES
(relatos sobre cine)

Locas margaritas y los soñadores
Malena y Elena se habían conocido en el pasillo del edificio donde vivían, durante un prolongado corte de luz. La oscuridad dejó entrever las particularidades y se hicieron amigas rápidamente. Tal vez no coincidían en los mismos gustos, pero sentían el mismo desencanto, la misma apatía por un mundo que se presentaba y se evidenciaba corrupto. Eran muchas partes para intentar recomponerlo. Y sentían que tampoco el tiempo, sobre todo Elena, tenían a su favor.
El papá de Malena mostraba actitudes cada vez más extrañas, aunque el amor hacia su hija era inclaudicable. Elena vivía con su mamá, con quien mantenía una guerra. La madre la hacía responsable de separarse de su padre y que éste, a partir de allí, rehiciera su vida con otra familia. Se suponía que tenía una hermana (media hermana) que nunca había visto. En cambio, al padre solía espiarlo a la salida del banco, donde trabajaba. A partir de la amistad con Malena, sus salidas de voyeur se fueron espaciando cada vez más hasta desaparecer.
Malena nunca había sido una chica sociable, pero a partir de su cruce con Elena, sus emociones empezaron a tener otro recipiente donde volcarlas. Era una relación de ida y vuelta, de pares, de seres que se sentían uno solo. Relaciones simbióticas.
Se juntaban todos los días después de la escuela. Y otras veces durante la escuela. Se rateaban e iban a jugar al pool, o se metían en librerías a leer al azar. Podían pasarse horas repitiendo versos de Pizarnik:
“Expuesta a todas las perdiciones, ella canta junto a una niña
extraviada que es ella: su amuleto de la buena suerte.” (Cantora nocturna)
Y descubriendo los mundos de Dick:
“Bajo la realista manta de pelaje gris, el mecanismo eléctrico gorgoteaba y borbolleaba, tenía las lentes de los ojos vidriosos y la mandíbula de metal cerrada.” (¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?)
Las películas también ocupaban el tiempo. En ese momento (año 2000), estaba dejándose de usar el VHS, y el DVD, con su calidad aparentemente superior, se imponía. (De a poco nos iríamos acercando a la baja fidelidad de las imágenes y los sonidos para entrar a la era del hiperrealismo.) Las películas de los ´60 y ´70 eran sus preferidas. Y Agnès Varda era la diosa del celuloide. Después vino Godard, Fellini, Kaurismäki (Aki, no Mika), también Demy, marido de Agnès. Sin embargo, hubo una película que las marcó: Locas margaritas. Las protagonistas se llamaban María, unas jóvenes que, al ver que el mundo se derrumbaba, decidían salir a apresurar la caída. Malena y Elena, en sus casas, advertían lo mismo. Y el afuera también se desmoronaba. Sólo encontraban un paliativo en el arte, aunque el que eligieran no funcionara, precisamente, de escape.
Una noche, a la salida del cine (habían ido a ver La humanidad, de Bruno Dumont), decidieron ir a un tugurio que un compañero de la secundaria de Elena le había comentado. El nombre del lugar: Centro Democrático Conservador, les hizo dar un paso hacia atrás. Elena recordó que el compañero le había dicho que el nombre era una fachada para cazar conservadores desprevenidos, y agarró a Malena de la mano y entraron.
El lugar estaba lleno de cosas viejas y varones de diferentes edades, sentados en una mesa familiar donde entrarían unas veinte personas. No había más de diez. Un hombre de unos cincuenta años con pelo largo y escaso se acercó a recibirlas.
-Buenas noches, modositas -dijo con una voz que se parecía a la de Gollum, de El señor de los anillos.
Malena y Elena saludaron con la cabeza y se sentaron, sin decir nada, en un hueco que había en el medio de la mesa. Luego de unos minutos de absoluta incomodidad, apareció el compañero de Elena: Luis, que tenía una guitarra colgada en la espalda. Luis abrazó a Elena, la besó en el cuello y luego en la boca. Malena desconocía el amorío con Luis, y se sintió traicionada. Hasta ese momento, habría jurado conocer con precisión la vida de su mejor amiga tanto como la propia. Luis se sentó en el medio de ellas.
-¡Luisito, traeme buenos clientes para la próxima! ¡No consumieron nada estas pendejas! -dijo Gollum.
-No te preocupes que ahora te pedimos unas empanaditas y una grapita para empezar. Chicas… ¿qué quieren para tomar?
Elena pidió una cerveza para tomar con Malena, pero ésta, todavía ofuscada, le dijo que ella prefería tomar una copa de vino de la casa.
-¡Ahora sí me gustan tus invitadas, Luisito! La “aisladita” parece que tiene carácter.
Malena se sintió fuerte y le guiñó un ojo a Gollum, y éste le respondió con una sacada de lengua.
Cada integrante de la mesa representaba una corriente política. Había un marxista-leninista fumando una pipa, un peronista que discutía con otro de la izquierda peronista sobre la confusión entre “justicia social” e “inclusión”, un radical dubitativo, un joven trotskista peinado a la gomina, un tipo, parecido al dueño, hipnotizado con su vaso de whisky y un par de extras que completaban la escena.
-¿Me presta el encendedor, compañero? -le preguntó el peronista al tipo del whisky, que ahora hundía, con su dedo índice, el par de hielos.
-¡Compañero, nada! Ni correligionario, ni camarada. -sacó su dedo y levantó la vista-. Yo no soy nada. Nada, ¿entendió? -y le dio un sorbo importante al whisky.
-Bueno, yo le decía compañero porque estamos todos acá… reunidos. Perdón no lo quería incomodar.
-¡Dejá la sarasa que no te voy a votar!
Gollum, que estaba sentado a la punta de la mesa, le pidió a Luis que tocara la guitarra. Luis se excusó diciendo que estaba casi sin voz, pero que una canción iba a tocar para pacificar los ánimos “porque el fin de que estemos todos acá es para amarnos”.
-Tocate una de Los nocheros -dijo el radical.
A Luis poco le importó la sugerencia del público y tocó una de su autoría que había compuesto hacía unos días.
Cuando terminó el último verso de la canción, Luis estaba con un hilo de voz. Elena se acercó y le dio un beso en la frente, mientras el trotskista avanzaba sobre Malena como un pulpo capitalista. Le preguntó sobre su vocación y sus sueños. Malena titubeó. No había nada en ese momento que la llevara a responder con certeza, así que se manejó con una repregunta. El trotskista le dijo que hacía unos meses se había recibido de abogado y que con su profesión esperaba luchar contra El Poder.
-Mi objetivo es ser obsecuente con las ideas de León Trotski y llevar adelante su moral unívoca en el ámbito jurídico que es el único órgano capaz de cambiar el orden de las cosas en una democracia -dijo como casi de memoria.
Malena lo escuchó sin emitir opinión. No necesitaba saber mucho de política para entender que el abogado trotskista sólo quería cogerla. La pausa le dio una excusa para mirar hacia el otro lado y dar por concluida la conversación.
-¿Me abre otro tinto, Don Dalmiro? -dijo el peronista de izquierda a Gollum.
El marxista-leninista le dio una seca a su pipa.
El “Yo no soy nada” seguía con sus ojos clavados en el hielo del whisky.
Luis tocó otro tema, esta vez de Ramón Ayala, con una cadencia imperdonable. A eso se le sumó su achacada voz con los olvidos de la letra. Los extras, igualmente, aplaudieron.
Elena comenzó a aburrirse y la miró a Malena que tenía la vista en una Spica.
-Es todo lo mismo. ¡Hay que acabar con el neoliberalismo y el bonapartismo! -dijo el abogado trotskista, y levantó el puño.
-La izquierda abstracta termina siendo la derecha concreta. Ustedes siempre viviendo en otra sintonía -respondió el peronista de izquierda, mientras el otro justicialista se mordía el labio.
-Muy bien dicho -expresó el radical. El peronista de izquierda lo fulminó con la mirada.
-“Todo lo sólido se desvanece en el aire, todo lo sagrado es profanado, y los hombres, al fin, se ven forzados a considerar serenamente sus condiciones de existencia y sus relaciones recíprocas” -citó el marxista-leninista a Marx.
Malena y Elena se miraron a los ojos. Los hombres no estaban allí para cazar conservadores, ni nada; ellos estaban en el Centro Democrático Conservador para pasar el rato, sin cultivar nuevas margaritas en su patio, pensaron. Malena y Elena se subieron a la mesa, patearon todo lo que había y comenzaron a bailar como si estuvieran electrocutándose. Algunos miraron con asombro, otros se limpiaban los restos de comida y bebida que tenían en la ropa. Los cuerpos de las jóvenes repentinamente se frenaron. Gritaron:
-¡Socorro!
Luego comenzaron a poner todo en orden, mientras susurraban lo que iban haciendo:
-¡Hay que ponerlo en orden todo! Seremos diligentes y buenas, seremos felices… El platito… y esta puntilla… La servilleta… todo tan bonito… Seremos diligentes, lo puliremos todo… Un poco más aquí… Seremos buenas, diligentes y felices… Cuando hagamos todo, seremos buenas y felices… Todo está limpio de nuevo. Seremos diligentes y buenas… ¡Todo será bello!
Malena y Elena se habían convertido en las “locas margaritas” de la película. Se sentaron arriba de la mesa, que ahora estaba limpia.
-¡Soy feliz! -dijo una.
-¡Yo también! -respondió la otra.
Se acostaron, boca arriba, en la mesa.
-¡Ambas somos tan felices! Di que sí.
-¿Es un juego?
-No.
-¡Lo somos de verdad!
-Bueno, no importa.
Malena y Elena no sabían cómo terminar la historia. Días después tampoco recordaban cómo había acabado esa noche. Se volvieron más rebeldes, ácratas, y se fueron alejando de todo hasta quedarse solas. Pero Malena más. El 21 de abril de 2004, Elena murió.

Fotograma: Jitka Cerhová e Ivana Karbanová, como María, en Locas margaritas (Vera Chytilová, 1966)

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sobre el autor

Estudié Comunicación Audiovisual en la Facultad de Bellas Artes de la UNLP. Junto a mi productora Odradek Cine, escribí y dirigí mi primer largometraje: La Muerte Después (2009). También he realizado cortometrajes, documentales, institucionales y videoclips. Ah, escribo cuentos y relatos.

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