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Los traidores y los soñadores / Cap.51

Martín Bastida 1 junio, 2017
Los traidores y los soñadores / Cap.51

LOS SOÑADORES
(relatos sobre cine)

Los traidores y los soñadores
Mientras los ´90 se repetían como farsa, en los auriculares de Pedro sonaba 1990: “No habrá remedio infalible…”. Los dedos de Pedro golpeaban el teclado con bronca, contrariamente al ritmo de la canción más beatle de Soda Stereo.
“El cine no refleja la realidad
ni tampoco la fantasía.
No copia la realidad,
con sus tiempos muertos
y sus absurdos,
ni los sueños
con sus historias fragmentarias
y aparentes incoherencias.
El cine tampoco se encarga
de lo que tenemos dentro de la cabeza,
de la carne,
la sangre,
los bacilos;
menos aún
del otro,
el vulnerable,
el que no tiene espacio
tiempo
y pendula en la calle,
en el cultivo ajeno,
con sus manos cuarteadas
y sin premios;
su mente vacía,
con recelo,
vacilante,
entre el retoño y lo seco.
El cine nunca
interpreta la realidad,
no hace de medio,
ni extremo.
Se proyecta en una pantalla,
que ya es cualquier pantalla.
Busca la reacción inmediata
para luego olvidarse
como una cara de urbe.
El cine es burgués,
reprime lo real,
lo hace soportable,
entendible.
El cine es entretenimiento,
como si fuera un videojuego,
un partido de fútbol
o un karaoke;
produce concentración
y también enajenación.
Sin embargo, hace un tiempo el cine quemaba.”
Pedro dejó la lírica y se sacó los auriculares.
“Después de la Segunda Guerra Mundial, el cine mostró otras impresiones con la aparición del neorrealismo italiano. Pero fue a finales de la década del ´50, cuando cambió por completo. Los analistas dejaron el escritorio y se calzaron la cámara al hombro. Ya en los ´60 apareció una nueva camada de realizadores, algunos que venían de la industria, otros de la universidad. Surgieron nuevas cinematografías en todo el mundo. Algunas vinculadas al cine de autor y otras al cine político: Francia, con su nouvelle vague; Inglaterra, con su free cinema, Alemania y Latinoamérica, con sus nuevos cines. Entonces el cine dejó de ser un divertimento de feria, como algunos creían y soñaban en su nacimiento (1895), se alejó de las tablas y la novela y se convirtió en un arte consciente de sus posibilidades, con un lenguaje propio. Pero también en un arma de contra información. Un arma que visibilizaba lo que hasta ese momento se había mantenido furtivo: los sentimientos del hombre excluido, generados por la maquinaria del sistema capitalista. Hubo muchos cineastas que prendieron sus cámaras para enfocar a ese hombre. Y ese hombre comenzó a tener el mismo protagonismo que Rock Hudson. Se había convertido en una estrella el tiempo que la cámara durara prendida. Después volvería a su rutina, mientras el cineasta revolucionario elegiría otro hombre y otros más con el propósito de transformar lo establecido. Raymundo Gleyzer fue uno de ellos, de los que menos se recordaron y que ahora se recuerdan y se reivindican. Comenzó su camino en la Escuela de Cinematografía de La Plata, y rápidamente realizó un corto (El ciclo, 1964) del cual renegó hasta llegar a considerar que su ópera prima fue su segunda obra, La tierra quema (1964). Dos años después vino el tríptico con Jorge Prelorán, Ocurrido en Hualfín y su viaje a las Islas Malvinas, presentando un informe para Telenoche sobre la vida de los kelpers. En 1970 llegó su primer largometraje, México, la revolución congelada, una feroz crítica al ideal traicionado de la Revolución Mexicana de 1910. Comenzó a militar en el Partido Revolucionario de los Trabajadores (PCR) y conformó el grupo Cine de la Base, produciendo tres cortometrajes: Swift (1971), Ni olvido ni perdón (1973) y Me matan si no trabajo y si trabajo me matan (1974). Entremedio de la masacre de Trelew y el plomo en la sangre de los trabajadores de la fábrica INSUD, realizó su segundo largometraje…”
Pedro se levantó y comenzó a sacudir los brazos, sin dejar de mirar la pantalla de la computadora. Le dolía el cuerpo de la tensión que le había provocado la escritura. Y otra vez el maldito cuello. Pensó en su progenitor, también en Roberto Barrera. Uno era su padre que lo había abandonado cuando era chico, el otro una mezcla de José Ignacio Rucci y Augusto Timoteo Vandor, o cualquier sindicalista que se preciara de burócrata. No alcanzaba con haber leído historia o historias. Cada uno tendría sus sueños y sus traidores. Otros, muchos, pocos, Raymundo, una vida mutilada.

Fotograma: Víctor Proncet, como Roberto Barrera, en Los traidores (Raymundo Gleyzer, 1973)

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sobre el autor

Estudié Comunicación Audiovisual en la Facultad de Bellas Artes de la UNLP. Junto a mi productora Odradek Cine, escribí y dirigí mi primer largometraje: La Muerte Después (2009). También he realizado cortometrajes, documentales, institucionales y videoclips. Ah, escribo cuentos y relatos.

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