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Pizza, birra, faso y los soñadores / Cap.46

Martín Bastida 5 Enero, 2017
Pizza, birra, faso y los soñadores / Cap.46

LOS SOÑADORES
(relatos sobre cine)

Pizza, birra, faso y los soñadores
-Me gusta lo del término “pärjäämisen eetos”. Varios puntos a tener en cuenta, sobre todo cuando se refiere a cómo se eleva la tasa de suicidios en tiempos de bonanza. La desigualdad es intolerable -manifestó Pedro sobre un artículo que había salido en internet sobre los suicidios en Finlandia.
-Como bien lo dijo Durkheim -sorprendió Bebe, que solía hablar de fútbol.
-La desigualdad en esta nota no refiere a ricos contra pobres en tiempo de bonanza, tiene que ver con el sentido de que cuando falta trabajo, uno no tiene un propósito y queda denigrado frente a los demás, por más que no sea su culpa. Se sienten mal vistos por no cumplir su rol en la sociedad -aportó Eduardo desde su conocimiento empresarial.
-No es la desigualdad tal cual la conocemos, pero no deja de ser desigualdad. Por eso la tasa de suicidios baja cuando no hay bonanza económica. El malestar pasa porque el otro tiene trabajo cuando uno no tiene y no porque uno no tiene. El otro tiene lo que yo no tengo. Y eso, en esta sociedad, en algunos genera rabia y hacen la revolución, y otros se deprimen y se hacen el harakiri. También hay otros que ya están muertos, aun cuando están vivos. Es imposible separar el contexto. Es un misterio saber cómo sería el hombre sin el mundo que hemos construido.
Cuando Pedro terminó su exposición socialista, una motocicleta con dos flacos apareció de repente por arriba de la vereda. Pensó que serían amigos de uno de los vecinos, pero hasta que no se acercaron lo suficiente no pudo ver la pistola que el de atrás portaba en su mano. La sacudió como si fuera a disparar sobre el pecho de Pedro, que giró su cuerpo, como si al darle la espalda la bala no lo atravesaría. Eduardo, el vecino que estaba en el medio, apoyado contra su auto, estiró su brazo con las llaves. El flaco, que estaba atrás, se bajó de la moto de un salto y le rechazó las llaves.
-Los autos no interesan -dijo con un acento cordobés-. Dinero, dinero, dinero, dinero vil metal…
El otro vecino, Bebe, estaba en cuero, pantalón corto de River y ojotas; se revisó sus bolsillos y notó, luego de tres golpeteos, que tenía el celular encima. Cuando se disponía a dárselo, vio que Pedro le estaba entregando la billetera. El Cordobés agarró la billetera y su compañero aceleró repetidas veces la moto, mientras Pedro seguía con su vista en la pistola. En ese momento, el vecino lindante con la casa de Pedro, que siempre andaba con auriculares y le negaba el saludo, llegaba a su casa. Traía una bolsa de supermercado. El Cordobés se echó un pique y lo interceptó antes que entrara. Con la pistola en la mano le pidió, amablemente, el dinero y, de paso, el mp3 y la bolsa que evidenciaba unas botellas de cerveza. (Por primera vez Pedro miraría a su vecino sin los auriculares. Al otro día los repondría.)
Una vez satisfecho con el botín, el Cordobés les pidió disculpas y les agradeció por el vitel toné de las fiestas. Luego se subió a la moto de otro salto. El conductor tiró un par de cortes y salieron con zigzags echando humo. Cuando pudieron enderezar el rumbo y mantener la recta de la calle 34, dieron un grito de guerra: “¡Macri, la concha de tu hermana!”. Pedro hizo una mueca.

El conductor era Pablo y el que portaba la pistola le decían, efectivamente, Cordobés. Cruzaron el cuadrado de norte a sur hasta llegar al Parque Saavedra. Ahí los estaban esperando dos amigos más y la novia del Cordobés, en la glorieta frente al lago, con un par de pizzas. El Cordobés abrió la cerveza con la boca y le dio un buen sorbo. Luego se la pasó a Pablo que ya había prendido otro faso. El Cordobés sacó las billeteras y comenzó a mirar la documentación de sus presas. Se detuvo en la de Pedro. Miró la cara del documento, diferente a como la había mirado cuando le amagó a disparar, la fecha de nacimiento y lugar. Luego puso toda la documentación en el piso, como si estuviera jugando un solitario: tarjeta Sube, carnet de Gimnasia, el documento de la mamá, una foto de Malena y un fotograma de la película Ocho y medio.
-Dale, Cordobés, comete una pizza… después te quedás sin comer -dijo Megabom.
El Cordobés no respondió, mientras Pablo contaba sobre la cara del gordito cuando le sacaron el mp3.
-Y encima escucha una música de mierda. Nada de cumbia. Toda música gringa.
El Cordobés volvió a meter toda la documentación en la billetera y sacó la plata.
-¿Cuánto, Cordobés? -preguntó Pablo.
-Dos lucas… y ciento treinta y dos. Ustedes se quedan con mil y yo y Sandra y el pibe con lo que resta. La poronga ésa sortéenla entre ustedes, a mi la música no me gusta.
-Para el pibe -dijo Pablo-. Regalo de los tíos. Eso sí, dejame que le hago desaparecer este ruido… y le pongo algo de Los Wawancó, para que vaya escuchando lo que es bueno.
-Hacé como quieras.
-Gracias -dijo Sandra-. ¡Cordobés, podrías ser un poco más agradecido!
-Gracias, chicos -respondió el Cordobés.
-Gracias, chicos -dijo el Frula burlándose del Cordobés.
-Déjense de joder y terminen la pizza y la birra, a ver si viene la cana y pasamos las fiestas adentro. Mañana nos movemos por acá. Esta vez maneja Megabom, porque Pablo está muy pasado.
-Pero Cordo…
-Ya está, Pablín. A veces te excedés. Y últimamente vos y el Frula están hechos unos pelotudos. Este es un trabajo como cualquier otro, pero un error hace que te caguen a trompadas o que te peguen un tiro.
Pablo le dio la última seca al faso y atrás se clavó un psicotrópico.
-Nos vamos. A las diez, Megabom.
El Cordobés y Sandra agarraron la calle 64 hacia arriba y se perdieron en la oscuridad.

Pedro estaba parado frente a la casa de Malena. Tocó el timbre. Nada. Intentó abrir la puerta del pasillo. Estaba cerrada con llave. A unos cincuenta metros percibió una silueta que se acercaba hacia él. La luz era amarillenta. La silueta avanzaba, pero aún no se identificaba. Pedro pensó que podría ser el abogado, aunque Malena, hacía unos meses, le aseguró que se había separado definitivamente de él. Sería otro, especuló. Sus obsesiones también lo acompañaban en un día como hoy. Pedro logró distinguir que se trataba de una pareja. El abogado y Malena. Un fulano y Malena. Malena acosada por un extraño. De pronto, las caras cobraron identidad. Era una flaca cualquiera con un flaco cualquiera, abrazados. Ella cargaba una panza prominente. Pedro se quedó con la panza. Luego lo miró a él. Pedro tenía los músculos duros de la cara. Le hubiera gustado ofrendarle un gesto pacífico. El flaco también lo miró, con desconfianza.
Ahora ya no se veían. Se daban la espalda. Pedro tocó nuevamente el timbre.
-Me gusta Pedro… -dijo el Cordobés.
-Es lindo -contestó Sandra.

Fotograma: Héctor Anglada y Jorge Sesán, como Cordobés y Pablo, en Pizza, birra, faso (Bruno Stagnaro e Israel Adrián Caetano, 1998)

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sobre el autor

Estudié Comunicación Audiovisual en la Facultad de Bellas Artes de la UNLP. Junto a mi productora Odradek Cine, escribí y dirigí mi primer largometraje: La Muerte Después (2009). También he realizado cortometrajes, documentales, institucionales y videoclips. Ah, escribo cuentos y relatos.

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