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Proyecto Higuera y los soñadores / Cap.53

Martín Bastida 3 Agosto, 2017
Proyecto Higuera y los soñadores / Cap.53

LOS SOÑADORES
(relatos sobre cine)

Proyecto Higuera y los soñadores
Pedro abrió su cuaderno Triunfante de tapa dura forrado con papel araña vinílico lavable azul y repasó las notas que venía escribiendo desde el mes pasado sobre un proyecto que comía su cabeza desde cuando comenzó la facultad. Los permanentes tachones, frases puestas al costado de las hojas y letras que sobrepasaban los renglones eran los distintivos de la caligrafía de Pedro. Empezaba con una frase de Ernesto Guevara cuando todavía no era el Che: “Me doy cuenta de que ha madurado en mí algo que hacía tiempo crecía dentro del bullicio ciudadano, y es el odio a la civilización. La burda imagen de gente moviéndose como locos al compás de ese ruido tremendo, se me ocurre como la antítesis odiosa de la paz, en la que el roce silencioso de las hojas forma una melodiosa música de fondo.”

Pedro se sentó en la computadora y empezó a darle a forma a la cosa.

“Un pibe de catorce años canta rap en un auto. Al lado está su padre, manejando. El padre interviene tirándole palabras al azar. Es un juego, para el pibe no. Quiere hacerse famoso y poder vivir del freestyle. El pibe demuestra una gran habilidad. “Vínculo”, dice el padre. El pibe deja de cantar. El padre le pregunta cosas de su vida cotidiana. El pibe responde con monosílabos. El padre sigue indagando, como un perito novato o como un padre que ha estado mucho tiempo sin ver a su hijo. El pibe responde por última vez y, sin darle tiempo para otra pregunta, se pone los auriculares.
El padre mira por el espejo retrovisor. Parece que está pensando, pero está viendo un auto que está detrás del suyo. El auto lo pasa. El padre lo mira al hijo que tiene apoyada la cabeza en el vidrio de la ventanilla. El monumento a la bandera indica que están en Rosario. El padre estaciona. Salen del auto y caminan por la costanera. Se comen un chori. Otra vez arriba del auto. Paran de nuevo. Bajan. El padre pega un afiche en una pizarra e ingresan a un lugar. El padre se abraza con unas personas. Parecen conocerse pero no haberse visto en años. Comparten unos mates. El pibe está con el celular. Habla por whatsapp de lo que pasa allá. Comparte fotos y videos. El padre prueba luces en el escenario. Luego interpreta a Juan Pablo Castel de El túnel, primera novela de Ernesto Sabato. A pesar de la difusión, son pocos los que van. El teatro ya no le importa a la gente, piensa. Después piensa que el responsable de la poca concurrencia es él. Se cuestiona, pero sólo dura unos minutos. La mente se le pone en blanco. El cuerpo está extenuado, vacío. No quiere ver a nadie. Nada le importa. Sólo estar solo. Se acuesta boca arriba con las manos en la nuca, mientras el hijo merodea el centro cultural. Pasa por unos locales cerrados que pertenecen a distintas organizaciones sociales…”

Pedro tenía dudas con respecto a esta última escena. No sabía si sus personajes deberían dormir en el centro cultural o en la casa del amigo y sumarle más personajes a la historia. Con las historias intimistas se sentía más cómodo. También le pasaba lo mismo con los espacios vacíos.

“Al otro día, padre e hijo están nuevamente en la ruta.”

Pedro se cuestionó si ese viaje debería tener un motivo como le habían enseñado en la facultad. Pero no importó, siguió escribiendo. Tal vez después lo agregaría o ese texto pasaría a pertenecer al Ceamse.

“El hijo está en el asiento de atrás con los ojos cerrados escuchando a un rapero venezolano llamado Canserbero. El padre para el auto en la banquina. Se baja. Se aleja unos metros. El pibe abre los ojos y se reincorpora. Ve al padre que está meando. El hijo se pasa adelante. El padre entra y arranca el auto. Suena el teléfono del hijo. Es la madre. Los padres parecen estar separados. La madre le pregunta por dónde andan. El hijo responde:
-Papá quiere seguir viajando…
La madre insiste y el hijo se la saca de encima dándole, por un momento, el celular al padre.”

Una frase del documentalista Jorge Prelorán estaba colgada de un renglón. A Pedro le gustó, pero no sabía cómo introducirla en el texto. Decía: “Lo que importaba era la vida. Mi vida haciendo las películas, y después salía una película. Pero yo no iba a hacer la película, yo iba a hacer una experiencia de vida y ésa es mi vida. Ése soy yo.”

“Llegan a Santiago del Estero, tierra de Palavecino y Santucho. Es de noche y hace frío. Tienen hambre. Comen como salvajes unos sándwiches de lomo, cortado tan fino como una hoja Gloria, en una ochava del centro de la ciudad. Están sentados justo en la esquina a la intemperie. Lo autos pasan y ellos comen. Nada los interrumpe, ni siquiera las cosas que tienen en la cabeza. Se suben al auto y van a buscar un lugar para dormir. El padre se pega un baño. El hijo se acuesta. Se entretiene con el celular, o es casi una acción automática, como acomodarse el pelo. El padre sale del baño, se mete dentro de la cama y lee un libro sobre la Revolución Sandinista.
A la mañana siguiente, el padre camina por una especie de bosque que tiene el alojamiento. Junta ramas y prende un fuego. El hijo, a un costado, sigue con el celular. Cuando la carne está dorada, se acerca a una improvisada mesa hecha con un tronco. El padre se prende una pipa y el hijo se acuesta hasta el día siguiente.”

Pedro sintió calor. Y no era una subjetividad. El clima de julio era extraño.

“El padre y el hijo pasan por una infinidad de pueblos que enuncian en voz alta como si trataran de memorizarlos, hasta que la noche les impide leer los carteles. A la altura de Tartagal, provincia de Salta, el padre decide parar. Antes se alejan de las luces y los ruidos. Echan los asientos para atrás y duermen de un tirón hasta el otro día.”

Al igual que sus personajes, Pedro se acostó. Pensó en sus amigos si lo acompañarían a llevar adelante el proyecto. Necesitaba hacerlo. Ahora. Confiaba en que el viaje le proveería de lo que a la narración en papel le faltaba.

“Finalmente pasan la frontera. Un conflicto con la Asociación de Bagalleros, producto de la apertura de las importaciones, los mantiene todo el día atascados con turistas que poco le importan los problemas de mil tipos que ven amenazado su trabajo. Cuando cruzan a Bolivia, ya es de noche, así que duermen en Villamontes, una localidad a poco más de cien kilómetros de la frontera.
Al otro día, suben hasta Samaipata, eludiendo animales y campesinos suicidas que caminan por la ruta como si los vehículos todavía fueran caballos. El padre le cuenta al hijo de su padre, de cómo murió y de la pobreza que lo cercaba. El hijo hace que escucha, pero no lo escucha. No porque no quiere, sino porque no puede. La diferencia generacional es un tabique. Las clases sociales también.”

Pedro pensó en su padre, en dónde y cómo estaría, si es que aún viviera. Y si no fuera así, también le gustaría saber. Ya no estaba tan seguro de dónde irían cuando reventaran. Necesitaba charlar con él, preguntarle por qué los seres humanos ocupaban una tierra que se empecinaban en destruir. ¿Por qué se había ido? ¿Qué buscaba? ¿Cómo es el afuera?

“De Samaipata viajan a Vallegrande. El padre maneja con ansiedad. Cada vez están más cerca. El hijo se saca los auriculares y, por primera vez, escucha la naturaleza. Los pájaros, el río que pasa por debajo de sus pies, el monte, lejano y solitario. El silencio.”

La imagen de la pileta de la lavandería donde fue exhibido durante un día el cuerpo sin vida del Che, con los ojos abiertos, se trabó en la cabeza de Pedro. Las manos se entumecieron como si ahora julio trajera el invierno. El sólo hecho de pensar en poder llegar a ese pedazo del Hospital Nuestro Señor de Malta, le hizo perder la continuidad del relato.

“El camino hacia La Higuera es insoportablemente sinuoso. El hijo pregunta:
-¿Cuál es el primer recuerdo que tenés de mí?
El padre responde, pero parece que está hablando de él mismo. Su alocución es confusa, no didáctica. Los paisajes y los silencios se van multiplicando, en colores en texturas. Un texto rompe con la repetición de la belleza. El padre monologa sobre algún período desconocido para el pibe. El hijo también dice cosas, que su progenitor ignora. Los textos se acopian en capas, creando una sensación de diálogo. Faltando dos kilómetros para llegar, el auto traquetea y se para. Entonces deciden caminar con el sol del mediodía.
El pueblo son apenas dos cuadras, separadas por una plaza donde se erige un monumento, de cuerpo entero, del máximo revolucionario latinoamericano del siglo XX. La mano derecha se encuentra apuntando con un habano ridículamente al cielo. El padre y el hijo se detienen por un instante y siguen caminando. Al costado izquierdo de la plaza, hay otro monumento con sólo su rostro. Y muchas pintadas, además de frases de sus discursos. La población es casi inexistente. No más de un centenar. Pero están ahí, como hace cincuenta años. Ahora, a la espera de algún turista que les compre algo de lo que ofrecen para poder subsistir.
Padre e hijo ingresan a la escuela, donde el Che pasa las últimas horas de vida de sus treinta y nueve años. El padre se sienta en ese mismo lugar. Piensa en el revolucionario, también en el hombre, en el padre de cinco hijos, en las dos maestras que dialogan con él durante su cautiverio, en los hombres olvidados por el sistema. También piensa en su propio hijo, que está sentado a la izquierda en un pupitre, que lo mira, lo observa y, finalmente, comienza a comprender…”

Pedro ya estaba convencido de retomar su actividad.

“Y si se nos dijera que somos casi unos románticos, que somos unos idealistas inveterados, que estamos pensando en cosas imposibles, y que no se puede lograr de la masa de un pueblo el que sea casi un arquetipo humano; nosotros le tenemos que contestar, una y mil veces, que sí, que sí se puede. Y tiene que ser así y debe ser así y será así, compañeros.”

Ernesto “Che” Guevara

Fotograma: Horacio Rafart (de frente), como el padre, y Sabino Rafart (de espalda), como el hijo, en Proyecto Higuera (Pedro Tadasbi, 2018)

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sobre el autor

Estudié Comunicación Audiovisual en la Facultad de Bellas Artes de la UNLP. Junto a mi productora Odradek Cine, escribí y dirigí mi primer largometraje: La Muerte Después (2009). También he realizado cortometrajes, documentales, institucionales y videoclips. Ah, escribo cuentos y relatos.

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