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Tierra de los padres y los soñadores / Cap.57

Martín Bastida 10 diciembre, 2017
Tierra de los padres y los soñadores / Cap.57

LOS SOÑADORES
(relatos sobre cine)

Tierra de los padres y los soñadores
Pedro había decidido no salir. Sumirse en una película de interiores, de bajo presupuesto y un solo personaje. Hacía un par de meses que mantenía esa posición. Hubo momentos de recreo, salidas, pero en general la cosa seguía inerte. Tenía un encono con la sociedad, con el barrio, con la tele, con cada cosa que había construido y vanagloriado la humanidad. Su cuaderno azul estaba desbordado de ira.
“El sur. Lugar extraño. Tierra de gendarmes, millonarios y mapuches. Mapuches no, tehuelches, dicen por ahí los que siguen instruyéndose con el manual Kapelusz de los setenta. La Patagonia, región de permanente conflicto. Un joven se une a la lucha. Unos días después, desaparece. Las voces de diferentes sectores esgrimen diferentes versiones. Dicen saber cómo se sucedieron los hechos. Hay testigos, pero a los que mantienen diálogos profundos con la inmutabilidad de las estructuras, no creen que al joven lo haya desaparecido la Gendarmería. Ellos sólo creen en Dios, no en el hombre. Lo creen tan miserable y cobarde como ellos. Un hombre comprometido, capaz de dar lucha y la vida por otros, no es factible, para eso está el ejemplo de Jesús. Todos los demás son mierda, ventajeros, corruptos como ellos y como podrían llegar a serlo si tuvieran lugares de privilegio. Ellos que se jactan del mundito heredado con el orden desigual. Si fuera por ellos, nada pasaría. No habría vanguardias, corrientes de pensamiento, diversidad. Seguiríamos viviendo en la tierra de los padres, con el mismo reglamento, la misma adherencia y tristeza, el mismo silencio. A ellos les gusta la optimización del tiempo, las historias de perdedores únicamente cuando ganan; también el capital, la usura, la brecha, el todo de un lado, la nada del otro. El negocio, la casa, el auto, otro negocio, otra casa, otro auto. Les gusta la pompa. Por eso las bombas.”
Pedro apoyó su cabeza contra el monitor. Pareció recordar algo. Fue hasta el placar de su madre. Puso una silla para llegar a lo más alto. Arriba había acolchados viejos. Metió las manos por entremedio de estos y escarbó. Buscaba algo, pero no de su madre, sino de su progenitor. Algo que se habría olvidado cuando decidió partir. Abrió otro compartimento del placar. Allí había sábanas. La madre había dejado todo muy bien ordenado antes de ser internada, pensó. A pesar de que su madre estaba muerta, hurgó con cuidado tratando de dejar todo tal cual se encontraba. Pedro sacó sus manos vacías y se fue nuevamente a la computadora. Antes de seguir escribiendo, pensó en una situación que vivió con su madre, una de las tantas veces que la había ido a visitar. Ellos estaban sentados en un banco, cuando se apareció una chica de unos veintitantos años. La chica lo miró fijo a los ojos. Y soltó de su boca: “Estoy llorando”. La chica se llevó los dedos a los ojos. “Pero no me sale nada”. La mamá y Pedro no dijeron nada hasta que la chica se terminó yendo. Pedro lo escribió más o menos así. Y le agregó una respuesta: “Es la medicación. A medida que te vayan bajando la dosis, las lágrimas aparecerán”. Siempre en sus escritos se mostraba fraternal, aunque la realidad demostraba impericia para las relaciones interpersonales. En el momento que se sucedían las cosas, él confeccionaba la respuesta sin poder emitirla. Había una fuerza sobrenatural que le impedía abrir la boca. No sabía con qué se relacionaba, por eso el impulso a escribir. Ya nada que tuviera un hilo conductor. Pensamientos, situaciones. Se levantó de la silla y fue hasta la cocina. Abrió la alacena para sacar el café y ésta se desprendió de la pared y cayó contra la mesada. Pedro alcanzó a dar un paso hacia atrás y no morir del impacto. La cocina era un desastre. Y la casa se estaba cayendo a pedazos. El café estaba mezclado con vidrios. Al costado se encontraba lo que tanto había buscado en el placar de su madre: el revólver. Pedro se agachó y lo limpió de los restos de café que lo recubrían. En la culata decía Tanque. Lo fue girando como si se tratara de algo extremadamente delicado. Nunca había manipulado uno. Por un lado se sentía Clint Eastwood en alguna de Leone, pero por otro le daba miedo descubrir de lo que sería capaz con un revólver en el estado de irritación que se encontraba. Sin embargo, la imagen del padre reseteó su cabeza. Los sueños recurrentes no habían sido sueños, algo sabía o había escuchado de chico sobre su padre y las armas. La mente de Pedro se inundó de elucubraciones que podrían haber matado del susto al hombre más paranoico del mundo. Dejó el revólver arriba de la cama de la madre y abrió otra vez el placar. Ahora buscaba las cartas y ya no le importó desordenar la casa. Tiró los acolchados, las sábanas, había unos botones de nácar entremedios de éstas. De repente, entre la unión de una pared con la otra vio una grieta. Temeroso, estiró su brazo y empezó a rascar con la uña de su dedo mayor (el índice lo tenía ampollado de tanto escribir con la lapicera en estado de rabia). La grieta estaba tapada con pintura. Al terminar de sacarla, notó un borde como si fuera de una hoja. Tiró delicadamente para que no se rompiera y allí estaba la carta, y más atrás había otra y otra más, tres en total. Pero no eran de su abuela como había soñado muchas veces semanas atrás, sino de su progenitor hacia su madre. La fecha indicaba que había sido posterior al abandono de su progenitor. Él se había esfumado, pero en ese desvanecimiento había razones y culpa por la decisión que había tenido que tomar años atrás. Había batido a compañeros de lucha y, en esa desesperación por salvar su vida, quedó detenido en aquel pasado que todos los días se hacía presente. Ya en democracia, no podía mirar a su hijo y a su mujer a los ojos, y se fue. Las tres cartas decían más o menos lo mismo con una disminución de las emociones, hasta que dejó de mandarlas. Pedro, por una vez en su vida, tenía algunas respuestas.

“Si los pueblos no se ilustran, si no se vulgarizan sus derechos, si cada hombre no conoce lo que vale, lo que puede y lo que se le debe, nuevas ilusiones sucederán a las antiguas, y después de vacilar algún tiempo entre mil incertidumbres, será tal vez nuestra suerte mudar de tiranos sin destruir la tiranía.”

Jean-Jacques Rousseau – El contrato social – 1762
Traducción: Mariano Moreno

Fotograma: Tierra de los padres (Nicolás Prividera, 2011)

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sobre el autor

Estudié Comunicación Audiovisual en la Facultad de Bellas Artes de la UNLP. Junto a mi productora Odradek Cine, escribí y dirigí mi primer largometraje: La Muerte Después (2009). También he realizado cortometrajes, documentales, institucionales y videoclips. Ah, escribo cuentos y relatos.

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